El caldo de cultivo del emprendedor

caldo-cultivo-del-emprendimientoArtículo original de José Antonio Ferreira, publicado en La Región en la edición del domingo 3 de junio de 2018

Bill Gates utilizó el garaje de sus padres junto a sus socios para montar su primera empresa que al fin y a la postre fue Microsoft. Lo mismo le pasó a mi admirado Steve Jobs, que también constituyó en el galpón anexo a su casa el germen de lo que luego fue Apple. Todos tenemos idealizados a algunos empresarios de éxito, sobre todo a aquellos del sector que nos toca más de cerca, que en mi caso es el tecnológico.

La historia está plagada de ejemplos de personas que empezando desde muy abajo, llegaron a ser, si me permiten la expresión, la de Dios es Cristo. El emprendimiento no entiende de razas, nivel de formación, naciones o credos.

Es cierto que si el ecosistema en el que habitas es proclive al emprendimiento y existe un caldo de cultivo adecuado, la creación de empresas basadas en nuevas ideas es exponencial. Para muestra un botón y en el caso de Silicon Valley, más que un botón parece un platillo volante. Este fumé tan importante, especialmente en el mundo tecnológico, se produce en algunos países de la Unión Europea, Japón, Corea, China y, sobre todo, en Estados Unidos.

Hay empresas en los Estados Unidos que han sido creadas por personas sin formación universitaria y que en muchos casos no habían asistido al instituto. Camareros, taxistas, oficinistas, estibadores portuarios, chóferes… fueron el germen de lo que se convirtió en grandes multinacionales que lideran los sectores más importantes de mundo. Es decir, consiguieron hacer realidad el sueño americano.

Unas condiciones poco favorables en España

En nuestro país, llegar a la cumbre de esta manera es muchísimo más difícil. España y especialmente Galicia son lugares donde el fracaso no tiene perdón y solo los superhéroes son capaces de levantarse después de un buen varapalo, cuando en otros países se considera una muesca más en el revólver de la vida del empresario y lejos de ser un hándicap o un demérito, se considera una enorme fortaleza y motivo para presumir en el entorno empresarial.

Si para un norteamericano el éxito no es fácil de alcanzar dado el gran nivel de competitividad que existe, en nuestro país las dificultades son muy distintas y los que nos hemos hecho a nosotros mismos lo sabemos muy bien.

Las dificultades empiezan cuando buscas algo de ayuda financiera. Los bancos de nuestro país, aunque digan que lo hacen, jamás apuestan por un proyecto empresarial al que no tengan bien amarrado por el cuello.

Tampoco la administración lo pone fácil, obligando a pagar impuestos y seguridad social desde el minuto uno. No quiero entrar ahora en el tema de permisos, tasas, proyectos y la lentitud administrativa.

También está el famoso efecto “bar”. Quiero montar un negocio y lo más recurrente es un local de hostelería. Somos uno de los países del mundo, sino el que más, con más bares per cápita.

Emprender pese a las trabas burocráticas

Todo esto me lleva a la absoluta admiración por hombres que como Amancio Ortega fueron capaces de construir una empresa que da trabajo directo e indirecto a cientos de miles de personas. Sin formación alguna, sin subvenciones, pagando los impuestos en su país y haciendo suyo el lema que utilizó el Banco Pastor hace ya muchos años: “En Galicia, con Galicia y para Galicia”. Me saco el sombrero e incluso el cráneo si ello fuera posible sin morir.

Yo monté mi primera empresa en una cafetería, sin ningún medio más allá que mi ilusión, una libreta, unos bolígrafos de colores y la idea perenne de que yo quería ser dueño de mi propio futuro profesional, es decir, tener mi propia empresa. Tenía muy claro que quería ser empresario y ello hizo que me pusiera a trabajar, probablemente anestesiado por la fuerza de la ilusión y la suerte de intentar dedicarme a algo que simplemente “me ponía”. Mi pasión era la tecnología y mi objetivo vital era crear una empresa. Estos dos factores bien conjugados son las claves más importantes del éxito.

Si hablamos en términos cuantitativos, un empresario como Amancio Ortega tiene muchísima notoriedad. Pero en términos cualitativos, la misma importancia tiene toda esa legión de autónomos, pequeños empresarios, microempresas y profesionales liberales. Empresarios que creando simplemente un puesto de trabajo, aparte del suyo propio, son el sustento de este país.

Me encantaría que las instituciones públicas pasaran del mundo de las palabras y las buenas intenciones al mundo de la realidad cotidiana potenciando el emprendimiento y a los emprendedores, que son el metal más precioso que puede tener un país.

No estoy hablando de subvenciones, de las que estoy absolutamente en contra, me refiero a la creación de ese caldo de cultivo que permite que un chaval quiera ser dueño de su propio futuro y emprenda.